Tiovivo C.1950

Crítica

Diego Salgado

Con las sobadas excepciones de rigor (léase: "Lo que el viento se llevó", "Casablanca"...) el cinéfilo joven no suele frecuentar los filmes realizados antes de los 70. Padecemos una saturación de cine contemporáneo –casi siempre convencional y estadounidense-, y se ha promovido interesadamente la desconfianza hacia películas de otros entornos, épocas o sensibilidades, que puedan inducir a mirar más allá de "Matriz" y "El Señor de los Anillos" o, por qué no, más allá de este mundo feliz.

Y es una lástima: los cineastas y productores de hoy sí están obsesionados con las películas creadas en otros momentos o latitudes. Por razones económicas, por falta de inspiración, por trabajar en una cultura referencial. Se acumulan los remakes, cada vez más cercanos a originales que se retiran de la circulación a golpe de talonario. Los thrillers apuestan por el homenaje, el guiño y el plagio para cumplir como ficciones. Las comedias basan la mitad de su atractivo en parodiar escenas conocidas de otros filmes. Quentin Tarantino y los Wachowski saquean cine oriental y presumen de ello. Autores como Todd Haynes ("Lejos del cielo"), los Coen o Almodóvar reinterpretan el melodrama o el cine negro con fortuna diversa. George Lucas retoca incansablemente una trilogía cerrada hace 20 años, incapaz de dar aliento de vida a la nueva trilogía que concluye el año próximo.

Luego está José Luis Garci.

El cine de este señor es, como el asesinato de Kennedy para Jim Garrison o Rusia para Winston Churchill, un acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma. Maneja grandes presupuestos –él mismo es productor-, colaboran con él actores y técnicos de prestigio, consigue nominaciones para premios diversos y frases laudatorias de ciertos literatos... y sus películas no interesan. No calan en el público. Los críticos las comentan con estupor. Nadie sabe qué pretende.

Su obra, sus comentarios en "Qué grande es el cine", sus escritos para Nickel Odeón, remiten siempre a una fijación por su niñez, y por la magia que transmitía un séptimo arte periclitado. Para él, "todas las historias que merecen la pena nacen en la infancia" (1). Sin embargo, en el caso del cine al menos, en vez de tratar directamente este tema se embarca en relatos fantasmales cuyos objetivos no quedan claros.

Él afirma que le interesa más "retratar sensaciones que contar historias sencillas", pero "Tiovivo c. 1950" transmite pocas sensaciones y, efectivamente, su historia es tan sencilla que no cabe ni llamarla así. Es un mosaico, apenas trabajado pese a durar dos horas y media, de anécdotas en el Madrid previo a la visita del presidente Eisenhower. Sus figuras carecen de relieve y expresividad. El soberbio trabajo de ambientación y fotografía, y la propia pericia del director en el uso del formato panorámico, no sirven a ningún propósito concreto. Por otro lado, las críticas al franquismo y el retrato social suenan didácticos y elementales.

Si Garci quería, una vez más, forjar un espejo de película en el que reflejar su mundo interior –"el cine es una vida de repuesto"-, aportando él mismo la emoción que no respiran las imágenes, está en su derecho. Si intentaba que "Tiovivo c. 1950" pueda ser útil a los jóvenes de 18 años, "para que sepan de dónde provienen", ha fracasado.


Notas

1 Ésta, y las siguientes declaraciones entrecomilladas, corresponden a José Luis Garci: http://www.elcultural.es/HTML/20040930/Cine/CINE10353.asp

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