Princesas

Crítica

Diego Salgado

"Las cosas no son importantes en sí mismas, sino porque se piensa en ellas". Esta frase, tan bella por verdadera, que puede escucharse en "Princesas", refleja a la perfección lo que el guionista, productor y director Fernando León de Aranoa ha intentado transmitir con este film. Pero, a la vez, plantea contradicciones evidentes con la manera en que ha decidido hacerlo.

Y es que si los protagonistas de su cine se caracterizan por negarse a aceptar el perfil que dibuja para ellos la realidad externa, y se empeñan en recrearse a sí mismos mediante la ficción ("Familia"), la vitalidad ("Barrio") o la rebeldía ("Los lunes al sol"), las películas de Aranoa han de luchar desde "Barrio" por demostrar una vida propia bajo los estragos que causa el "realismo" estético y dramático con que su autor las ahoga.

No es este el momento de discutir si la única posibilidad de retratar fielmente la realidad pasa por el modelo que directores como Icíar Bollaín o Aranoa imponen a sus ficciones. Pero sí para señalar que todos los tics que manifiesta "Princesas" a la hora de contar la amistad entre dos prostitutas -el feísmo, la cámara temblorosa y pegada a los actores, el montaje como única sintaxis cinematográfica, el nulo cuestionamiento de las actitudes de los personajes, la alternancia de lo enrollado y la poesía de calendario- terminan por ser tan convencionales y castrantes a la hora de implicar al espectador en la acción como aquellos manierismos en que hubiesen podido incurrir otros cineastas empeñados en sublimar melodramática y estéticamente la prostitución (véase: Almodóvar).

Y así, se da la paradoja de que "Princesas" es una buena película, en ocasiones incluso una gran película, a pesar de –y no gracias a, como se pretende- las canciones de Manu Chao, ciertos monólogos recitados por Caye (Candela Peña), la manida problemática de Zulema (Micalela Nevárez), los horrorosos zooms que subrayan reacciones o frases de los personajes, o recursos de guión tan pobres como el teléfono móvil que no deja nunca de sonar.

La verdad del film late en los ojos tristes de Caye; en su siesta junto a su madre, que rellena crucigramas; en la sonrisa final de Zulema; en un silencio compartido en una cafetería; en todo aquello que nos permite sentir lo que vemos sin que nos sea señalado. Mientras podemos apreciar por nosotros mismos a las personas que transitan esta ficción, León de Aranoa logra su objetivo de hacerlas reales.

En cualquier caso la magia aparece con la suficiente frecuencia como para recomendar, pese a sus problemas, "Princesas".

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