CRÍTICA
Por Diego Salgado

William Shakespeare escribió “El Mercader de Venecia” alrededor de 1597, antes de su época más prestigiosa social y profesionalmente (1603-1612), en la que se consagraría con dramas tan definidos y sombríos como “Macbeth” o “El Rey Lear”.

“El Mercader”, sin embargo, goza de cierta indefinición ideológica y genérica. Ambientada en la Venecia del siglo XVI, cuenta como el mercader Antonio (Jeremy Irons) acepta endeudarse con el prestamista judío Shylock (Al Pacino) para ayudar a su noble y arruinado amigo Basanio (Joseph Fiennes) a conquistar a una rica heredera llamada Porcia (Lynn Collins). Shylock, que por su condición de usurero ha sido insultado en numerosas ocasiones por Antonio, acepta prestar tres mil ducados sin intereses pero con una cláusula caprichosa: si Antonio no devuelve el dinero en fecha fijada, Shylock podrá cobrarse el pago con una libra de carne del mercader, que cortará de la parte de su cuerpo que le apetezca.

La obra combina juicios y adivinanzas, cortejos románticos, momentos de incertidumbre y tensión, y confusiones de sexo y personalidad que se resuelven felizmente. Se pueden deducir muchas lecturas del texto. Algunos creen que fue escrito como respuesta al brutal “El Judío de Malta”, de Christopher Marlowe. Pero ante todo parece que Shakespeare hubiera usado escenarios, situaciones y tipos efectivos para desarrollar una ficción emocionante y entretenida. “El Mercader” fue representada con éxito en numerosas ocasiones por la propia compañía de Shakespeare, y durante más de un siglo fue llevada a los escenarios como comedia.

Sin embargo las sensibilidades cambiaron con el tiempo, sobre todo en lo que respecta al personaje de Shylock. El usurero aparece solo en cinco de las veinte escenas que componen la obra, y fue interpretado como un bufón o un terrible villano hasta 1814. Pero aquel año el actor Edmund Kean dotó a Shylock de humanidad, presentándolo en el escenario como un hombre humillado y perseguido. Con altibajos, esta visión del personaje ha variado poco a poco el sentido de “El Mercader”, confiriendo al texto una carga que con los horrores culminantes del holocausto hacen imposible contemplar hoy la obra abstrayéndonos de la “cuestión judía”. Para Harold Bloom es “una obra profundamente antisemita”, que las dos representaciones más célebres de los últimos diez años han ubicado en un campo de concentración nazi y en la ciudad de Berlín durante los años 30 del siglo pasado.

El cine, que caracteriza lo polémico por su negativa a afrontarlo, jamás había producido una versión de “El Mercader de Venecia”. Por tanto hay que reconocer de entrada el mérito del guionista y realizador Michael Radford (“1984”, “B. Monkey”). Otra cosa es que el resultado no sea muy interesante.

Radford apuesta por la corrección. Inserta un prólogo que describe las limitaciones sociales de los judíos en la Venecia renacentista. Casi inmediatamente, muestra a Antonio escupiendo a Shylock. Con ello predispone al público a favor del prestamista. Y no va más allá. No cala en el sentido económico o político de tal discriminación. No atiende a la hipocresía de la clase dominante y cristiana de Venecia, que actúa por motivos espurios e inconfesables bajo la máscara de la nobleza, la piedad y el desinterés amoroso. Los personajes son simpáticos e ingeniosos, están encarnados por actores y actrices atractivos, y sus acciones adolecen de juguetonas.

La película adquiere así el carácter de divertimento con el que Shakespeare pudo haber escrito la obra original. Pero tampoco de esta forma termina de funcionar, aquejada de cierta flacidez y una mesura poco estimulante.

Radford agiliza el texto haciendo que los intérpretes declamen sin afectación, y apoyándose en los primeros planos y el montaje para realzar o difuminar la expresión. Airea la acción, y hasta donde le es posible sustituye diálogos y hasta alguna escena por imágenes. Cumple el objetivo de hacer cine a partir del teatro. Sin embargo no hay nada atrevido ni creativo en la realización. La dramaturgia, la fotografía, las localizaciones y el vestuario aportan una brillantez que no halla correspondencia ni en el tratamiento visual ni en las interpretaciones.

Y es que el reto que ha afrontado Al Pacino –la estrella de la función, evidentemente- en el papel de Shylock se salda con un simple aprobado. Su interpretación es digna, monocorde, está diluida en la insipidez que el director ha impreso en toda la película. Del resto del reparto destacan Jeremy Irons, que transmite convincentemente la melancolía de Antonio, y la vitalista Lynn Collins, mientras que Joseph Fiennes vuelve a demostrar sus muchas limitaciones.

“El Mercader de Venecia” merece verse. Se trata de una película esforzada que siempre podrá presumir de ser la primera en abordar una obra espinosa. Sin embargo, al igual que nadie recuerda hoy todos los Hamlets producidos para la pantalla, es de esperar que con el tiempo otros cineastas se atrevan a dar una visión más comprometida y compleja del texto, y dejen una huella más profunda en el ánimo del público.

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