Por Julio Vallejo - 07-11-2004

Las películas de Woody Allen son todo un género. En la mayoría de ellas, el director norteamericano aborda, de una manera otra, temas como el sexo, las relaciones de pareja, el psicoanálisis, la muerte o el propio cine. Además, y casi como una seña de identidad, en sus filmes destacan su pasión por Nueva York, el jazz y esos personajes neuróticos e intelectuales. De todo ello hay en "Melinda y Melinda", el último largometraje de este pequeño gran genio.
El filme, un poco al modo de Raymond Queneau en sus literarios "Ejercicios de Estilo", se plantea una pregunta: ¿Se puede, a partir de unos elementos comunes, crear un drama y una comedia? A partir de la charla de dos creadores, uno especializado en comedia y otro en drama, Allen nos ofrece una película que narra la misma historia de dos maneras distintas. En cada una de estas tramas aparecen elementos comunes, situaciones, lugares e incluso objetos que se repiten en la versión complementaria. Sin embargo, y a pesar de estos elementos comunes, ambas historias sólo parecen tener a un personaje y una actriz coincidente: Melinda, interpretada por una acertada Radha Mitchell. Intercalando temporalmente la versión cómica y dramática, Allen nos muestra que la vida es una mezcla de ambas visiones. Como siempre, y casi como marca de la casa, Allen acude a sus chispeantes diálogos y a sus chistes para animar la función de esta interesante, aunque no siempre lograda película. Mejorando los resultados de "Granujas de medio pelo" o "La maldición del Escorpión de Jade", pero sin llegar a la altura de obras maestras como "Manhattan", "Hannah y sus Hermanas" o "Delitos y Faltas", Allen nos ofrece una obra entretenida, curiosa e interesante, en la que, sin embargo, ni la comedia divierte en exceso ni el drama termina de conmover. Todo ello pese a que nos encontremos ante una película excelentemente escrita, dirigida e interpretada.