Quienes conocieron a Carl Theodor Dreyer (1889-1968) en sus últimos años lo describían como una persona amable, educada, de vida modesta. Muy consciente de su talento, despreciaba a sus aduladores e insistía en que se le hablará de su cine con sinceridad y pasión, pues “no sólo sus películas trataban de pasiones sino que las películas eran su única pasión” (1). Una pasión no excluyente, como demuestra su amor por la literatura, el teatro y sobre todo el arte, hasta tal punto influyente en su cin...
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