El viaje del emperador

Crítica

Diego Salgado

Entre los documentales sobre naturaleza, como entre otras expresiones culturales o incluso entre las personas, se distinguen de inmediato dos tipos antitéticos: el honesto, que acepta y refleja la vida como es, un proceso azaroso y cruel que usa y abandona a los seres que la albergan a su antojo, y ante el que sólo cabe la comprensión de sus mecanismos y el humor. Y el falsario, que levanta sobre los hechos una estructura dramática de poca calidad que permite a los protagonistas "progresar adecuadamente", "crecer como individuos", "madurar" y "alcanzar la paz interior" a base de reducir la grandeza del absurdo universal al tamaño de nuestras cobardes certidumbres. "El viaje del emperador" entra de cabeza en este apartado.

Se trata de un documental acerca del principal habitante de la Antártida, el pingüino emperador, que anualmente se ve obligado por instinto a recorrer en ambas direcciones los cientos de kilómetros que separan el océano, su fuente de alimento, de las banquisas donde procrea. Uno está lejos de saber el porqué de esta migración o sus detalles biológicos. Se supone que, con ese planteamiento, la película va a cubrir esas lagunas y a ofrecer de paso algunas reflexiones sobre su sentido y su relación con nuestras propias rutinas animales. Si quisiéramos diversión infantil y poesía de hoja parroquial esperaríamos a la próxima producción animada de Disney sobre la pingüino Daisy, su retoño Bratto y el malvado león marino Slasher.

Sin embargo, el guionista y director Luc Jacquet trampea con las armas del documentalista y maquilla grotescamente la realidad para satisfacer los peores instintos sentimentales del público, usando como cómplices involuntarios a los pobres pingüinos, ¡a los que encima hace figurar como co-guionistas del filme! Puestos a manipular a los animales, uno opta por imaginárselos graznando "¡No en nuestro nombre!" o asesinando a picotazos a Jacquet en venganza por el retrato cursi y antropocéntrico que da a sus peripecias.

Nada más empezar el filme somos asaltados por el primero de una serie de ñoños temas musicales compuestos por una tal Émilie Simon, autora de una banda sonora propia de ascensor o supermercado, que canta sobre el frío, la soledad y el amor. Entran en escena los pingüinos, pero no se les deja interpretar. De inmediato y hasta el final las voces jubilosas -en la versión española- de Maribel Verdú como representante "en off" de las hembras y de José Coronado como portavoz de los machos amordazados se encargan de puntuar las idas y venidas de los animales con comentarios que no solo no explican nada, sino que anulan cualquier auténtica poesía que pudieran destilar las imágenes en favor de una filosofía de andar por casa. El ciclo de la vida deviene, qué sorpresa, "milagro". Aparearse se vuelve "encontrar el alma gemela y bailar". Morir, "cruzar la línea invisible y dormir". Los predadores submarinos y voladores son "monstruos" que además llegan a inducir posteriormente en una pingüino un rápido flash-back, el momento sin duda más alucinante del filme. Y con el nacimiento de las crías surge una tercera voz, repelentemente infantil, que nos proporciona información rigurosa sobre su desarrollo como ser vivo: "¡Qué frío está el hielo" "¡Papá, no corras!"

En fin, los animales y su verdadera naturaleza son sacrificados en el altar de la divulgación para bebés. Los mayores de año y medio terminarán aburriéndose ante la banalidad de las explicaciones, la poca creatividad de las imágenes y lo tópico de los momentos emotivos. Y aunque los destinatarios de la película fueran únicamente los niños, tampoco es de recibo disimular y adaptar por sistema a su estrecha mentalidad hechos que presentados con delicadeza, pero con la honestidad de la que hablábamos al principio, podrían contribuir a su formación como personas de cierto carácter.

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