Por Julio Vallejo - 03-10-2005

Realidad versus fantasía. Esta lucha de fuerzas parece ser el eje de las películas del extraño y pintoresco Terry Gilliam. Los protagonistas de la mayoría de sus largometrajes quieren escapar de una realidad bastante gris y aburrida. Los personajes interpretados por Jonathan Price en “Brazil”, Robin Williams en “El rey pescador” o Johnny Depp en “Miedo y asco en Las Vegas” tienen en este sentido un punto en común: que todos quieren evadirse de alguna manera del mediocre mundo a través de la fantasía, la locura o el simple colocón.
Jacob Grimm (Heather Ledger) parece ser el sucesor de los fantasiosos e inadaptados protagonistas del realizador norteamericano. Como contraste, Gilliam y su guionista Ehren Kruger proponen a su hermano Willhem (Matt Damon), un feroz materialista. Juntos, y muchos años antes de hacerse famosos por sus cuentos populares, recorrerán los pueblos intentando liquidar a los monstruos que ellos mismos han creado con ayuda de dos rufianes. Sin embargo, todo acabará cuando sean capturados y se les encomiende una peligrosa misión: descubrir la desaparición de varias doncellas de un pueblo cercano a un bosque encantado. Es entonces cuando, gracias a los hechos que ocurrirán a lo largo de las más de dos horas del metraje, Willhem comenzará a creer en el poder de la fantasía y de la magia.
Con este argumento, Gilliam pone en marcha una fascinante aventura donde encontramos su peculiar humor a lo Monty Python, las referencias a cuentos de los hermanos Grimm –los guiños a “Hansen y Gretel” y “Caperucita Roja” son evidentes–, un especial cariño por sus algo patosos héroes y esa extraña candidez marca de la casa. Además, y como suele ocurrir en las películas del creador de “Las aventuras del Barón Munchausen”, el filme tiene también una inusual princesa. En esta ocasión, la bella es una joven de carácter fuerte que ayuda a la pareja de hermanos a descubrir la misteriosa desaparición de las jóvenes.
Sin embargo, y pese a sus cualidades, “El secreto de los hermanos Grimm” sufre de dos grandes problemas: las más de dos horas de metraje y algunos baches en el ritmo del filme. Por lo demás, aquellos grandes que quieran por un rato ser niños y aquellos niños que no hayan dejado de serlo prematuramente disfrutarán como enanos de una verdadero cuento hecho celuloide.