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Crítica de El Aviador

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Por Diego Salgado - 28-01-2005
La carrera como realizador de Martin Scorsese oscila entre dos polos: la ciudad de Nueva York, y el proceso de autoconocimiento y redención a que se ven abocados quieran o no los protagonistas de su cine, anclados inicialmente en la irresponsabilidad.

Ese proceso, dados los antecedentes católicos de Scorsese, su carácter apasionado, y la colaboración en su obra de guionistas cómplices como Richard Price, Jay Cocks, Nicholas Pileggi y sobre todo Paul Schrader (1), suele desembocar en catarsis violentas o en la autodestrucción.

Con los años, la subjetividad que impregnaba sus películas –la voz en off constituye para él un recurso habitual- ha sido atemperada por la descripción costumbrista y el retablo histórico. Algunos piensan que el talento rabioso de sus primeros films ha devenido academicismo grandilocuente, y que así terminará consiguiendo el Oscar al mejor director (2). Para otros, el propio Scorsese ha madurado y sus proyectos van ganando en profundidad. En cualquier caso, siguen latiendo en él la vitalidad de los mejores narradores –gracias a su enciclopédico dominio del lenguaje y el ritmo cinematográficos-, y la sensibilidad de un artista que maneja la plástica del color y la música con expresividad manierista.

“El aviador” conjuga los intereses que hemos intentado resumir. Retrata a un tejano tímido, solitario y prepotente, Howard Hughes (1905-1976), que nació millonario; pagó de su bolsillo, a veces con criterios de producción aberrantes, clásicos del cine como “Ángeles del infierno” (1930), la primera versión de “Primera plana” (1931) o “Scarface” (1932); se acostó con estrellas hollywoodenses (hombres y mujeres) inaccesibles para el común de los mortales; fundó líneas aéreas, compró otras, diseñó aviones, y los pilotó corriendo récords de navegación sobreviviendo a cuatro accidentes; y terminó aislado, obsesionado con los gérmenes y la seguridad, adicto a la codeína y el valium, y con un estado físico que se asemejaba “al de los prisioneros de los campos de concentración japoneses durante la Segunda Guerra Mundial”. Cuando murió, pesaba cuarenta y dos kilos, sufría de insuficiencia renal, de cáncer en el cuero cabelludo y en la próstata –según uno de sus biógrafos, también de sida (3)-, y la autopsia detectó bajo la piel de sus brazos fragmentos de agujas hipodérmicas (4).

Como indica su título, el guión de John Logan (“Gladiator”, “El último samurai”) se desarrolla entre 1927 y 1947, la época en que Hughes dio lo mejor de sí mismo como cineasta y, sobre todo, como pionero de la aviación. Su creciente desequilibrio mental, sus sórdidas pugnas empresariales, su inestable vida sentimental (no se cita su bisexualidad ni cómo afrontaba las relaciones), pierdan importancia frente a la sensación de libertad, pureza y riesgo proporcionada por el aire. Hughes (Leonardo DiCaprio) compara el estar perdiendo la razón –algo que nunca ocurrió realmente- con “volar a ciegas”. Al borde de la muerte, se identifica como “Howard Hughes, el aviador”. Y en su comparecencia final ante el Senado declara con sencillez que volar es “la alegría de mi vida”.

El planteamiento de Logan privilegia una visión épica y edulcorada de Hughes, como demuestran también la atención prestada al glamour y el lujo del ambiente que le rodea, o la presunta maldad de sus enemigos financieros. Un acercamiento apañado y corto al biografiado.

Scorsese se emplea a fondo para realzar ese tono. Con la ayuda de un equipo técnico impresionante –los actores secundarios, la fotografía, la dirección artística, el montaje, confirman una vez más que la profesionalidad y el sentido del espectáculo de la industria cinematográfica norteamericana no tienen parangón en el mundo- deslumbra y apasiona al público durante las dos primeras horas. En la tercera, cuando Hughes empieza a ser consciente del abismo que le devorará, y más en concreto durante su encierro en una sala de proyecciones, DiCaprio no sabe transmitir desde su lozanía la degeneración del personaje, y el film se atasca. Diego Manrique ha escrito (5) que “si Oliver Stone hubiese dirigido “El aviador”, como se planeó, los espectadores estarían ahora mismo atragantándose como paranoias y mal rollo”. Stone, probablemente, hubiera dado un sentido más incisivo y arriesgado al carácter del protagonista y a sus batallas. Scorsese, como Francis Ford Coppola en “Tucker” (1988, con Dean Stockwell como Hughes, por cierto) ha preferido identificarse, seguramente por encargo, con el soñador que se enfrenta al sistema y pierde pero gana etc.

El film termina combinando optimismo y realismo. Con el vuelo triunfal del “Hércules” y la soledad de Hughes frente al espejo, guiña a la vez un ojo al público y otro a anteriores películas de su director, como “Malas calles”, “Taxi driver” o “Toro salvaje”. Cada uno decidirá si le convence la fórmula, preparada sin duda con ingredientes de primera calidad.

Una última reflexión en torno al reparto. Cuando se pretende contentar a todo el mundo, que las películas den dinero, que su calificación “moral” permita comprar la entrada a la chiquillería, es normal que se resientan la descripción de las pasiones humanas y la experimentación formal. También, que el perfil de los actores satisfaga a las quinceañeras, pero esté muy lejos de poder cubrir papeles complejos. Es el caso de Leonardo DiCaprio, limitado como ya hemos escrito en la parte más comprometida de “El aviador”. El de Brad Pitt en “Troya” y Tom Cruise en “Collateral”. Los físicos agraciados pueden arrastrar a los jóvenes al cine. Pero perjudican gravemente la verosimilitud de proyectos cuyos directores merecerían tener a su disposición a estrellas que frecuentasen menos las cremas anti-age, y que encarnasen con conocimiento de causa a personajes que han vivido algo más que el gimnasio.



Notas

(1) Price ha firmado para Scorsese los guiones de “El color del dinero” (1986) y “Lecciones de vida” (“Historias de Nueva York”, 1989). Cocks, los de “Malas Calles” (1973, sin acreditar), “La edad de la inocencia” (1993) y “Gangs of New York” (2002). Pileggi, los de “Uno de los nuestros” (1990) y “Casino” (1995). Y Schrader, los de “Taxi driver” (1976), “Toro salvaje” (1980), “La última tentación de Cristo” (1988) y “Al límite” (1999).

(2) En la siguiente entrevista se abarca el tema de los premios y su importancia para Scorsese:

http://edicion.yucatan.com.mx/noticias/noticia.asp?cx=13$0000000000$3186865


(3) “El aviador”. Charles Higham. Ediciones B. 2005.

(4) http://www.socalhistory.org/Biographies/h_hughes.htm

(5) “Howard Hughes, la leyenda del aviador”, por Diego Manrique. Revista “Gentleman”. Número 15. Página 15.
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