Por Diego Salgado - 24-01-2005

“Lo importante no consiste en ganar o perder… sino en hacerlo como un hombre”, repetía el entrenador Tony D’Amato (Al Pacino), en “Un domingo cualquiera” (1999), anterior largometraje de ficción realizado por Oliver Stone.
Tal declaración de intenciones constituye una obsesión que planea sobre toda la obra del director norteamericano, centrada en personajes controvertidos y apasionantes en cuyos errores, momentos de gloria y búsquedas interiores podemos “reconocernos nosotros mismos, y definir nuestra verdadera naturaleza y el objetivo de nuestros actos” (1).
La vida de Alejandro Magno (356 a.C.-323 a.C.) sirve a ese propósito como ninguna otra. Tachado por unos de “pequeño tirano engreído y borrachín”, y aclamado por los más como “primer rey del mundo” y “genio diplomático”, sus logros políticos y militares marcaron el desarrollo de civilizaciones e inspiraron entre otros a Aníbal, Julio César, Napoleón o George S. Patton (2). A su vez, la leyenda romántica sobre su carácter apasionado y aventurero, sobre su cultura y sus amoríos, sigue despertando la admiración popular.
Stone, que ve en Alejandro una figura “superior a Hércules, a Aquiles […] un verdadero dios durante su breve vida” (3), ha estado obsesionado con el personaje desde niño (4). Pensó en dirigir un proyecto sobre él cuando estudiaba cinematografía, y en 1989 escribió un primer guión dramático acerca del tema.
En 1998, Stone había perdido crédito como autor en el seno del cine norteamericano, y además se hallaba decepcionado con las servidumbres que imponen los grandes estudios. Así que, mientras disfrutaba rodando documentales sobre Fidel Castro y Yaser Arafat, buscó la financiación para “Alejandro Magno” en Europa (sólo un tercio de su presupuesto final, 160 millones de dólares, corresponde a Warner Bros.) e hizo realidad la obra que soñó. “Prefiero hacer honor a la verdad antes que ser políticamente correcto. Estoy cansado de tantas películas que no quieren molestar”, ha declarado. Colin Farell, que encarna a Alejandro, añade: “Oliver Stone es un tipo peculiar. Conoce perfectamente este medio. Podría hacer un taquillazo si quisiera, pero lo que le gusta es crear agujeros en la humanidad para que entre la luz” (5).
Sin embargo, las presiones durante el rodaje y la post-producción del film, la admiración por el personaje, o la búsqueda del reconocimiento académico, parecen haber influido en el realizador. Si entre “Platoon” (1986) y “Un domingo cualquiera” (1998), con menciones especiales para “Wall Street” (1987), “Nacido el 4 de julio” (1989), “JFK” (1991), “Asesinos natos” (1994) y “Nixon” (1995), Oliver Stone había desarrollado una habilidad narrativa única, basada en un montaje arrollador de imágenes y sonidos capaz a la vez de proporcionar información a raudales, calar en el interior de sus personajes y perturbar al espectador, en “Alejandro Magno” se muestra paradójicamente conformista.
Tras el prólogo –que vuelve a demostrar la influencia de Orson Welles en Stone- vemos a Tolomeo (Anthony Hopkins), antiguo general de Alejandro y ahora sátrapa en Alejandría, divagar sobre las hazañas del héroe cuarenta años después de su muerte. Ya en esos primeros minutos puede apreciarse un tono elegiaco y didáctico, muy poco visual, que continúa con el relato anodino de la infancia del príncipe macedonio y la relación con sus padres, Filipo II (Val Kilmer) y Olimpia (Angelina Jolie).
“Alejandro Magno” se desenvuelve a lo largo de sus tres horas de metraje de la misma manera. Superficialmente en lo que respecta al guión y desmayada –cuando no chapuceramente- en lo que atañe a realización, montaje y música. En sus mejores momentos –el asesinato de Filipo, la recreación de Babilonia, la conversación nocturna de Alejandro y su amante Hefestión (Jared Leto) tras la toma de esa ciudad, la sensación de exotismo y lejanía que transmiten ciertos pasajes de las expediciones-, la película escapa a su condición de, como suele decirse, “peplum” o “película de romanos”. En los peores –las escenas de masas, la irregularidad del reparto, el primer altercado entre Filipo y Olimpia, los horribles negativos en rojo de la batalla en el bosque, una música de Vangelis tan burda como la de Kitaro para “El cielo y la tierra” (1993)- Stone da la razón a sus múltiples detractores con su impotencia.
Para quien ha seguido la carrera de este realizador desde sus tiempos como guionista para Alan Parker (“El expreso de medianoche”, 1978), Brian De Palma (“Scarface”, 1983) o Michael Cimino (“Manhattan Sur”, 1985), su última película supone una decepción por dos motivos: porque Stone parece haber perdido el pulso vivaz y penetrante que alcanzó un clímax en su film de 1999 sobre el fútbol americano –lo que ya sospechábamos viendo uno de sus recientes films de no ficción, “Persona non grata”-; y porque el fracaso, al menos en EE.UU., de “Alejandro Magno” entre crítica y público, cuestionará la concreción de nuevos y siempre ambiciosos proyectos del autor, como el bio-pic de Margaret Tatcher que pretende protagonice Meryl Streep. Deseamos en todo caso a Oliver Stone lo mejor. Él mismo es una de las personalidades más atractivas del panorama cinematográfico actual.
Notas
(1) “El arte de vivir o la búsqueda de la felicidad”. Carlos García Gual. Prólogo a las “Meditaciones” de Marco Aurelio. Debate Editorial, 2000.
(2) Historia y Vida. Número 439. Páginas 37, 57 y 58.
(3) Dirigido por. Número 340. Diciembre 2004. Página 19.
(4) Imágenes de actulidad. Número 243. Enero 2005. Página 74.
(5) El Mundo. Cultura. 05/01/05. Página 45.